Crónica para un perrito Quinceañero

 Lorenzo Perrito cumple XV


Hoy es el cumpleaños número XV de Lorenzo Perrito, mi relación más larga. Lo digo y mi familia y mis amigos se ríen, pero es verdad.


Quince años son muchos. Son una vida. Y Lorenzo ha estado conmigo en algunos de los momentos más duros y también en muchos de los más felices. A estas alturas ya no sé muy bien dónde termina Lorenzo y dónde empiezo yo: él es parte de mi identidad tanto como yo soy parte de la suya.


Lo conocí a finales de agosto de 2011, en el barrio de San Antón, de donde es originario y por eso se llama Lorenzo Antonio. Dos meses antes había muerto mi abuela Lucha, la mamá de mi papá. Su partida fue una gran pérdida. Con ella compartí algunos de los momentos más bonitos de mi infancia y mi juventud. Con el paso de los años he pensado que quizá Luchita me mandó a Lorenzo para que no dejara de sentir su amor. Y él ha cumplido esa misión de una manera extraordinaria.


Conocí a Lorenzo en casa de su familia humana. Criaban chihuahuas de pelo largo y, cuando llegué, primero vi a sus hermanos: todos esponjosos, pequeños y perfectos, como peluches. En algún momento tuve que ir al baño y, mientras esperaba, Lorenzo salió corriendo hacia mí. Quiso subirse a mis piernas y se cayó. Me dio tanta risa que, cuando lo levanté, lo primero que le dije fue: “Estás Lorenzo”.


Sus humanos me preguntaron si lo quería. En ese momento dudé. Yo sabía que quería un perro, un acompañante, pero todavía no estaba segura de que fuera él. Además, por aquellos días estaba tomando una de las decisiones que marcarían mi vida: separarme de mi entonces pareja.


A finales de septiembre le di el sí a Lorenzo y en octubre llegó a lo que sería nuestro hogar, en El Calvario. Y a partir de entonces empezaron las aventuras.


En diciembre se rompió la pata izquierda. Fue el primer gran susto de nuestra historia. Tenían que operarlo y en la primera veterinaria a la que fuimos querían hacerlo de inmediato. Pero algo dentro de mí dijo que no, que buscara una segunda opinión. Así llegamos con Jaime de la Fuente y fue una de las mejores decisiones que he tomado por Lorenzo. Primero le entablilló la patita para que se desinflamara y no se formara un callo; después de un mes lo operó y le puso unos clavitos que, hasta hoy, le han permitido caminar, correr y saltar. Aunque cuando hace frío, la patita le recuerda aquella historia.


En 2013 Lorenzo se perdió. Fue el mismo día en que murió Marcel Sisniega, uno de los mejores ajedrecistas de México. Fueron cuatro días tristísimos. Pegué letreros por toda la avenida Morelos, La Carolina, La Pradera y todos los lugares que pensé que podía haber recorrido. Mi familia y mis amigos me ayudaron mucho.


Hasta que una mañana, mientras me arreglaba para irme a trabajar, sonó el teléfono.


Una señora me dijo que tenía a mi perrito y que quería regresármelo.


Acordamos vernos en la escuela Miguel Hidalgo, a la entrada de La Carolina, porque ella vendía comida ahí. Corrí. Mientras su hijo iba por Lorenzo, me contó que aquella noche, cuando Lorenzo escapó por un descuido, ella lo había encontrado en la fuente del Calvario. Se dio cuenta de que estaba perdido y lo agarró.


Cuando finalmente lo vi, el alma me volvió al cuerpo.


Nuestra vida siguió.


Lorenzo conoció el mar porque aprovechamos que mis hermanas vivían en Cozumel y fuimos a visitarlas. Amó la arena, pero no el agua salada. Peleó mucho con Mamble, el perro de mis hermanas, y sufrió una experiencia que todavía me da risa recordar: a su regreso, en el aeropuerto de Cancún, lo llevaron a una sala especial. Le tomaron rayos X y lo palparon para asegurarse de que no llevara nada escondido y, básicamente, comprobar que aquel pequeño chihuahua no fuera una mula.


Después de semejante operativo, decidimos que volver al mar no era necesario.


Seguimos caminando juntos por las mañanas. La avenida Morelos, La Carolina, la bajada del Castillito, Leandro Valle, el puente de Amanalco. Durante un tiempo nos dio por correr y hasta nos fue bien, pero la verdad es que lo que más feliz hace a Lorenzo es olfatear. Enterarse de los chismes del barrio, como le digo a Valentina, mi sobrina.


Mientras él huele, yo observo los árboles, el cielo, escucho a los pájaros y me sorprendo de toda la biodiversidad que habita nuestra ciudad.


Quizá esa sea una de las cosas que más hemos hecho juntos durante estos quince años: caminar y mirar el mundo de maneras distintas.


Años después nos mudamos a un departamento que nos regaló una hermosa vista a la barranca de Amanalco. Ahí disfrutamos de un cachito de patio y de un balcón donde solíamos tomar nuestros baños de sol.


Lorenzo y sus hermanos gatunos conocieron a los mapaches, las ardillas, muchas aves y a nuestro querido Pancho, el perro güero de todo el barrio.


Los domingos íbamos de compras al mercado de La Carolina, uno de los mercados más bonitos, limpios y surtidos de la ciudad. Teníamos nuestros marchantes, pero la señora de la carnicería era nuestra mejor amiga.


Y así, casi sin darnos cuenta, fueron pasando los años.


Un domingo de marzo de 2022 murió mi papá, su abuelo, como decía mi papá. Muchas noches Lorenzo me acompañó en la tristeza. Cuando lloraba mucho, me lamía la cara. No podía arreglar nada, claro, pero se quedaba conmigo. A veces eso era exactamente lo que necesitaba.


Un año después nos cambiamos de casa, al estudio de mi papá, y encontramos el que quizá ha sido nuestro barrio más bonito para vivir: Acapantzingo.


Nuestras caminatas se llenaron de verde, del canto de muchas aves y de muchos perros que pasean por nuestro rumbo. Al principio le dábamos la vuelta al Parque Ecológico San Miguel Acapantzingo. Ahí Lorenzo se hizo de un amigo: un perrito salchicha negro con el que se correteaba y olfateaba.


Los días en que su amigo no salía de casa, Lorenzo lo buscaba. Daba vueltas, esperaba y hacía tiempo, como si supiera que quizá en algún momento lo dejarían salir.


Hace poco más de un año ese perrito murió.


Y lo extrañamos.


Supongo que también eso es hacerse viejos juntos: empezar a despedir a los amigos.


Porque los años han pasado y la vejez finalmente ha llegado para Lorenzo.


Hemos ido disminuyendo las distancias, pero no hemos dejado de caminar. Lorenzo Perrito ya no salta; ahora emite un pequeño chillidito para avisarme que quiere subir a la cama. Desde hace un par de meses dejó de ver y ya no baja las escaleras. Pero sigue disfrutando sus paseos.


Sigue oliendo.


Sigue siendo Lorenzo.


Y yo sigo siendo la persona que camina a su lado.


En teoría tengo claro que, por las estadísticas, probablemente nos queda poco tiempo juntos. Pensarlo me da tristeza. Muchísima. Pero también sé algo: hemos tenido una vida completa.


Lorenzo llegó a mi vida cuando yo estaba despidiéndome de una etapa y aprendiendo a vivir de otra manera. Yo lo elegí, sí, pero también siento que él me eligió aquella tarde en San Antón cuando salió corriendo hacia mí, intentó subirse a mis piernas y terminó cayéndose.


A veces pienso que Luchita tuvo algo que ver.


Quizá me lo mandó.


Y si fue así, hizo un trabajo extraordinario.


Porque durante quince años Lorenzo ha sido mi compañero, mi testigo, mi despertador, mi caminante, mi explorador, mi cómplice y, muchas veces, mi consuelo. Ha conocido mis casas, mis barrios, mis pérdidas, mis alegrías, mis rutinas y mis cambios. Yo, por mi parte, he aprendido sus sonidos, sus mañas, sus rutas favoritas, sus miedos, sus amigos y hasta la manera en que pide que lo suba a la cama.


Él es parte de mi historia, pero creo que eso se queda corto.


Lorenzo es parte de quien soy.


Y yo soy parte de quien él ha sido.


No sé cuánto tiempo nos queda. Pero sí sé cuánto tiempo hemos tenido: quince años de una vida compartida.


Y cuando llegue el día de despedirnos, claro que habrá tristeza. Mucha. Pero también habrá paz.


Porque no nos quedará nada pendiente.


Nos habremos dado todo el amor que pudimos.


Feliz XV, Lorenzo Perrito.


Gracias por correr hacia mí aquel día en San Antón.


Gracias por haberte caído.


Y gracias, sobre todo, por quedarte. 




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