Crónica para un cronista
Te fuiste cuando los guayacanes estallaban en rosa. La ciudad parecía incendiarse suavemente para anunciar el fin del invierno. Nunca supe si fue coincidencia o si la naturaleza decidió cerrar el ciclo contigo. Yo tenía una sorpresa guardada. Mi nuevo trabajo en el Instituto de Cultura. El lunes iba a llegar a mi oficina en el Museo de la Ciudad y pensaba enviarte una foto, como quien comparte un logro pequeño pero luminoso. “Esta es mi nueva casa”, iba a decirte. Pero el lunes llegó sin ti. Desde entonces, cada marzo florece distinto. En mi oficina dicen que casi tenías un lugar apartado. Doña Rufi, Eder… todos hablan de ti como si fueras a entrar en cualquier momento con una libreta bajo el brazo. A veces miro la puerta esperando que eso ocurra. Durante casi un año, mamá y yo pusimos orden en tu casa-estudio. Abrimos cajones como quien abre memorias. Encontré papeles que no entendí del todo, anotaciones breves, silencios doblados en hojas amarillentas. Ahí me dolió todo lo que ...