Crónica para un cronista

 




Te fuiste cuando los guayacanes estallaban en rosa.
La ciudad parecía incendiarse suavemente para anunciar el fin del invierno.
Nunca supe si fue coincidencia o si la naturaleza decidió cerrar el ciclo contigo.
Yo tenía una sorpresa guardada.
Mi nuevo trabajo en el Instituto de Cultura.
El lunes iba a llegar a mi oficina en el Museo de la Ciudad y pensaba enviarte una foto, como quien comparte un logro pequeño pero luminoso.
“Esta es mi nueva casa”, iba a decirte.
Pero el lunes llegó sin ti.
Desde entonces, cada marzo florece distinto.
En mi oficina dicen que casi tenías un lugar apartado.
Doña Rufi, Eder… todos hablan de ti como si fueras a entrar en cualquier momento con una libreta bajo el brazo.
A veces miro la puerta esperando que eso ocurra.
Durante casi un año, mamá y yo pusimos orden en tu casa-estudio.
Abrimos cajones como quien abre memorias.
Encontré papeles que no entendí del todo, anotaciones breves, silencios doblados en hojas amarillentas.
Ahí me dolió todo lo que no pregunté.
Todo lo que dejamos para “luego”.
Pero como dice Valentina: así es la vida.
Ahora ese espacio es mío.
Ahí vivo.
Camino con Lorenzo por el barrio y pienso que tal vez la herencia no es un escritorio ni un archivo, sino la costumbre de mirar despacio.
Lorenzo cumple quince años y ya casi no ve.
En las noches falla los escalones.
La vida también es eso: aprender a guiar lo que antes nos guiaba.
Lolita, Pedrito y Cocoa ya corren en otro lugar.
Tú nos enseñaste a querer así: sin medida y sin garantía.
Mucho tiempo me negué a seguir tus pasos.
Sentía que tu sombra era demasiado larga.
Pero en octubre de 2024 volví a estudiar.
Hice un diplomado en formación de cronistas.
Ahora formo parte del Consejo de Cronistas A.C.
Más rápido cae un hablador que un cojo.
No pude negar la cruz de mi parroquia.
Aquí estoy, queriendo guardar la memoria de la ciudad que me tocó habitar.
No escribiré sobre tus temas.
No por rebeldía, sino por respeto.
Lo tuyo ya está dicho y bien dicho.
Yo quiero hablar de los cerros, de la caminata, del viento en Santa María, de los tesoros que aparecen cuando uno se sale del camino conocido.
Subí el Ajusco.
Toqué un fragmento del Izta.
Fui a Chalma a pie.
Camino con mi tío Adolfo —como tú lo hacías— y a veces imagino que repetimos una historia que se escribió antes.
Los ciclos tienen sentido del humor.
Me corté el pelo muy chiquito en mi cumpleaños de 2025.
Nunca me había sentido tan ligera.
Tu taller está casi vacío.
Al principio me dio culpa.
Después entendí que no estabas en las cosas.
Que el desapego también es una forma de amor.
Voy al Centro Budista Kadampa.
Ahí encontré silencio.
Y en el silencio, refugio.
Tu muerte me enseñó que uno se hace adulto el día que pierde a uno de sus padres.
Pero también que la verdadera herencia es invisible:
las caminatas por el centro,
las tardes de jugos frente al kiosco,
las conversaciones largas,
el amor por los perros,
la obstinación por mirar la ciudad con cuidado.
En mi oficina cuelgan cuatro acuarelas tuyas.
Arriba de la puerta hay una ola.
Cuando dudo, la miro.
A veces creo que me responde.
Han pasado cuatro años.
Los guayacanes vuelven a florecer.
Yo sigo caminando.
Y sigo escribiéndote.

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